El pasado mes de agosto el vestuario del FC Barcelona eligió a su cuarto capitán. Piqué y Mascherano eran los candidatos y a quien haya escuchado hablar a ambos le habrían pitado los oídos si finalmente hubiera sido el español el elegido. No era un buen compañero de viaje -Mascherano es un señor de los pies a la cabeza-, pero no dejó de descartarse la posibilidad de convertir a Piqué en uno de los líderes del vestuario sobre el césped.
No es de extrañar que el vestuario tomara esta postura. Piqué, quien actualmente cumple una sanción en Liga por insultar al árbitro en la pasada Supercopa de España, nunca ha sido un ejemplo de comportamiento. Excusado por su extremo gen competitivo y su juventud, en ningún momento ha presentado síntomas de madurez. Si Piqué se representara a sí mismo René Ramos nos parecería una eminencia.
Sucede ahora que por donde pasa Piqué con la estrella en el pecho suben los decibelios. Es cierto que a Gerard no se le puede tachar de desertor en ese aspecto. Siempre ha cumplido y nunca se ha borrado de un compromiso internacional. Si acaso un affaire con la independencia que todos se atreven a mencionar pero ninguno lleva a cabo. Aprovechando su condición de estrella, Piqué puede usar las dos caras de la moneda: quiere una Catalunya independiente pero mientras tanto se conforma con La Roja.
Piqué se ha ganado los pitos en base a su apática prepotencia. Solo que la afición obvia un matiz esencial a la hora de lanzarse a pitar individualidades que dañan colectivos: la selección es de todos. Libertad de expresión, sí, pero en este caso todos remamos con un mismo fin. Demostrar inconformismo es un derecho si el foco de las críticas viste de azulgrana y este no es tu color. España es otra cosa. No confundamos.
De nada sirve darle bombo al asunto si lo que se pretende es apaciguar el gallinero. La selección no pasa por su mejor momento, Del Bosque sigue confiando en un grupo conservador y la regeneración parece conducida por Alonso: nunca llega. Y más que tratar de solucionar el problema y luchar por un grupo competitivo, las páginas de los periódicos se cargan de ira y no hacen más que convertirse en un altavoz para los pitidos -que en Oviedo fueron moderados, por cierto-.
Decepciona ahora la Federación rajándose y desestimando jugar en el Bernabéu ante la ensordecedora imagen de Piqué defendiendo a La Roja en Madrid. Alicante será el escenario de un partido ante Inglaterra al que se le dará más bombo por los silbidos que por ser un choque histórico entre dos campeonas del mundo. Se intenta desviar la atención y tan solo se consigue engrandecer una bola de nieve que parece no tener hartura.
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